Mar de portentos

María, la virgen de Galilea, es la rosa de Sharón, la flor del valle, la desposada de Jesús -escribió el humanista, Ernesto de la Peña-, pues a su condición de madre añade, en otras vertientes interpretativas, la de protectora especial de la Iglesia, compañera mística del Salvador.

El monje cisterciense, Bernardo de Claraval, en sus escritos teológicos otorgó a la Dulce Virgen María un papel nodal como excelsa portadora de gracia, mediadora de la salvación y socorro del mundo.

Al ser depositaria del Verbo, quedó liberada del pecado original y por ende, de la muerte.

Fue precisamente Ella quien, en un acto de amor incondicional, aceptó el misterio de la Encarnación: he aquí la esclava del Señor; hágase en Mí según Tu palabra (Lucas, 1:38).

De acuerdo con la tradición, María fue retratada en la santa ciudad de Roma por la mano del evangelista Lucas y su iconografía específica quedó estipulada después de los concilios de Efeso y de Calcedonia.

La tradición novohispana abrazó con fervor la devoción mariana en representaciones manieristas, barrocas y del Tránsito al Neoclasicismo, que encontraron en las herencias mesoamericanas, tierra fértil.

No hubo artista novohispano quien no dedicara sus empeños a María. Ella mira de frente a Su pueblo, a quien Le entrega al Redentor.